Las pobrezas y los programas sociales

Por: Elmer Antonio Torrejón Pizarro

Los programas sociales (sobre todo los programas alimentarios y de subvención económica) se vienen implementando desde hace varias décadas en el país, y su aporte a la mejora de las condiciones de vida de las poblaciones en pobreza y vulnerabilidad están en discusión; o en todo caso, han hecho que en estos grupos sociales se “institucionalice la pobreza”, a través del asistencialismo.

Un último reporte del INEI menciona que, por primera vez en este milenio, la pobreza monetaria se incrementó pasando del 20,7% al 21,7%; es decir, 375,000 personas volvieron al cinturón de la pobreza en la costa urbana y zonas rurales dispersas. Lamentablemente los programas sociales, últimamente no han resultado ser la palanca que disminuya la pobreza en el Perú a pesar que el presupuesto de estos programas aumentó de 1,414 millones de soles en el 2008 a 6,820 millones de soles; es decir, un presupuesto 6 veces mayor. ¿Qué está pasando con los programas sociales? ANALICEMOS.

La mayoría de los programas sociales en el Perú, se caracterizan por su poca eficiencia y eficacia de su gestión. Por otro lado, existen problemas de duplicidad de los programas, ya que muchos fueron creados teniendo en cuenta las lógicas coyunturales políticas, activistas y reactivas; existiendo programas con el mismo objetivo en distintos sectores del Estado, con la misma población objetivo, con los mismos objetivos, independientes unos de otros. No fueron creados de acuerdo a un plan de política social visionaria y estrategias de desarrollo compartidas e inclusivas.

Esto ha dado lugar a una baja eficacia de los programas. Dado que han logrado metas en coberturas o han alcanzado productos específicos (número de raciones alimentarías entregadas, por ejemplo), pero han tenido un bajo aporte a variables de efecto o impacto, como la desnutrición o anemia infantil, mortalidad infantil, mortalidad materna o la reducción de la pobreza de ingreso. Esta baja eficacia es lo que imposibilita que el gasto social, se convierta en inversión social, definida está en función del retorno social del gasto (mayores capacidades humanas).

Para un gasto social efectivo -e inversión social posterior- con los programas sociales, se debe fortalecer la armonía viable, aceptable y sostenible entre las políticas económicas y sociales. Es de suma necesidad un proceso de descentralización efectiva, que siga fomentando la participación de las instancias locales y regionales en el diseño y control social del gasto; además de facilitar las iniciativas de gestión y control social del uso de los programas sociales, al poder local organizado. Se hace necesario hoy en día, fuertes procesos de capacitación, aprendizaje y empoderamiento de los programas por parte de los gobiernos regionales y locales; esa es la lógica de potenciar la descentralización.

La mínima eficacia no depende necesariamente solo de criterios técnicos como la buena focalización. La eficacia también tiene que ver directamente con los enfoques y con las estrategias desarrolladas por los programas. Es de suma necesidad la reformulación de los programas sociales porque, si bien han aumentado sus presupuestos, el impacto no es apreciable. Así, tenemos que ver, ajustar y solucionar los siguientes puntos para que los programas sociales se conviertan en herramientas de inversión para el desarrollo de los grupos sociales más pobres y vulnerables:

  • En primer término, se debe trascender el “chip asistencialista” de la entrega de alimentos,raciones o dinero hacia una efectiva utilización de la misma, por la población objetivo. Por ejemplo, fortalecer la capacitación a madres en la preparación de alimentos con las raciones alimentarías entregadas por los programas.
  • Fortalecer la articulación de los programas existentes, incluso cuando éstos tengan logros hasta el nivel de productos. Existen diversos programas que intervienen a veces en los mismos lugares duplicando acciones u operando independientemente uno de otro. Esto conlleva a gastos innecesarios y a problemas de gestión superpuestas.
  • Otro punto a solucionar es su fragmentación territorial, tal que, en un distrito con altos índices de pobreza, opera por ejemplo un programa de agua y saneamiento, pero no el de asistencia alimentaria, o los de aprestamiento temprano. La confluencia articulada de componentes sobre una población en pobreza, podría constituirse en una estrategia adecuada para obtener efectos e impactos en estos programas sociales.
  • En un país tan diverso geográficamente y heterogéneo culturalmente, es necesario que los programas sociales adopten los criterios de territorialidad, basados en un enfoque de desarrollo territorial, entendiendo siempre que el territorio es una construcción social.Si fortalecemos este enfoque contribuiremos a que los programas sociales alivien y superen sus problemas de fragmentación sectorial y focalización.
  • Un concepto clave de los programas sociales debería ser la interculturalidad, incorporando la dimensión cultural en sus diferentes procesos. En un país multicultural, y en donde muchos de los bolsones de pobreza y pobreza extrema, pertenecen justamente a comunidades campesinas y nativas con idiosincrasias propias; los programas sociales tienen que responder estratégicamente y de manera eficiente a partir de espacios donde se implemente un “diálogo intercultural” con sus pobladores.
  • Teniendo en cuenta el punto anterior, la tarea de los programas sociales en la lucha contra la pobreza y la inclusión social, es buscar los vasos comunicantes entre las diversas racionalidades o culturas que habitan el espectro social de nuestro país.
  • Los objetivos de los programas sociales son reducir la vulnerabilidad y ampliar el acceso a derechos básicos, por lo tanto, éstos tienen que fortalecerse como espacios que activan las condiciones adecuadas de alimentación y saludde las personas para enganchar con programas que desarrollan las capacidades y oportunidades económicas, justamente de las personas más vulnerables. Esto no significa que estos programas se conviertan en asistencialistas o “institucionalicen la pobreza” como mencione anteriormente, sino que, con una gradual y adecuada focalización a nivel distrital, se evitará los problemas de infiltración y subcobertura.
  • Los programas sociales no solamente necesitan de la refocalización, sino también de una reformulación teórica y de enfoques sobre la pobreza en nuestro país. Los programas sociales no pueden seguir interviniendo bajo un enfoque univoco de la pobreza tal como lo conocemos. Las pobrezas en el Perú son diversas y diferentes entre sí. Los pobladores pobres de zonas rurales de la selva, ande o asentamientos humanos urbanos tienen dinámicas heterogéneas en torno al desarrollo de sus pobrezas; por lo tanto, es necesario reconceptualizar y/o reformular la forma de intervención y gestión de los programas sociales.

Los programas sociales en el Perú requieren de amplios ajustes estratégicos y adecuados para poder convertir el gasto en una “inversión social” sostenible. Es necesario hacer del asistencialismo o la “institucionalización de la pobreza”; la “institucionalización” de nuestras oportunidades y capacidades. Los programas sociales son claves en países en vías de desarrollo como el nuestro, pero se tienen que construir bajo paradigmas que respondan las necesidades y realidades de sus beneficiarios y no a respuestas de coyunturas políticas o electoreras.

Lamentablemente esto último es la historia del apoyo social institucionalizado en nuestro país. Necesitamos de nuevos enfoques y “nuevas reglas” al momento de referirnos a los programas; pero también de una nueva clase de gestores políticos y técnicos que puedan hacer de los programas sociales una herramienta que permita mejorar la calidad de vida de las poblaciones más pobres y vulnerables. Una ardua tarea que requiere el compromiso de [email protected] los peruanos.