No todo es lo que parece, y lo que parece no es.

 

La primera vez que conocí un bosque de arena blanca en Loreto no podía dar crédito a mis ojos; ¡era cierto!  Inmensos árboles, arbustos y hierbas pululaban sin problema sobre un suelo enteramente compuesto por arena blanca, a veces solo una ligera capa de materia orgánica de no más de 2 cm de espesor tapizaba el suelo, como si solo se tratara de un adorno. Aquella vez, en medio de ese bosque, varios paradigmas mentales se me derrumbaron como un castillo de naipes.

Fangoria es una banda de música electrónica de España de fines de los 80 que tiene una canción que se llama “nada es lo que parece”, una parte de la letra de la canción dice: “de repente, nada es lo que parece, simplemente todo cambió, y te has quedado atrás”. Es exactamente lo que pasa con los bosques, creemos conocerlos pero nos hemos quedado lejos de saber realmente su historia.

El dominico Gaspar de Carvajal llegó a Perú en 1536 para evangelizar a los Incas y luego formó parte de la hazaña histórica del descubrimiento del río Amazonas, cuando Francisco de Orellana junto a 59 hombres más, en el año 1541, descendieron por el río Napo en búsqueda del Dorado y durante cinco meses navegaron por el curso del río Amazonas hacia el Atlántico. De Carvajal en sus crónicas refiere datos que no pueden pasar desapercibidos; él cuenta que todo lo que vio río abajo era una tierra próspera y poblada, que cuanto más se acercaban a lo que hoy en día es la frontera entre Perú y Brasil más poblada era la tierra, había extensos asentamientos, paisajes hermosos y tierra fértil. Dice De Carvajal que los poblados estaban unos detrás de otros, un día vio un poblado “que se extendía durante 30 km sin que se viera espacio entre casa y casa”. Cerca de la desembocadura del Tapajós, a unos 600 km del océano Atlántico, cuenta que los exploradores de Orellana se toparon con inmensas ciudades desde donde les salieron al encuentro unas doscientas canoas llenas de personas ataviadas con plumas multicolores y una orquesta con flautas, trompetas y tambores. Si no fuese por el sonido de los disparos de los arcabuces no vivirían para contarlo.

Investigaciones hechas sobre la vegetación de Mesoamérica han descubierto que una gran proporción de las selvas húmedas tropicales está notablemente dominada por especies útiles y en especial comestibles, ¿cómo explicar esta abundancia de árboles útiles?, o lo mayas fueron afortunados en encontrar bosques ricos en especies útiles o es que ellos o sus predecesores supieron manejar el bosque seleccionando, mejorando y favoreciendo especies útiles. Evidencias etnobotánicas en huertos mayas actuales demuestra que muchas especies que se encuentran en el bosque aparentemente “virgen” son cultivadas por los campesinos mayas hasta el día de hoy.

Algo similar ocurre en la Amazonia, de las 138 especies de plantas cultivables en el Amazonas, más de la mitad son árboles y dependiendo de la definición de cultivables (porque solo requiere manejo) la cifra puede aumentar hasta un 80%. Charles R. Clement, botánico y antropólogo del INPA de Brasil, dice que los primeros habitantes del Amazonas reconociendo la física erosiva de las lluvias amazónicas sobre los suelos desnudos, evitaron el desbroce y generaron bosques útiles para el ser humano, en otras palabras lo que estaríamos viendo en los bosques amazónicos son restos de inmensos huertos que durante milenios fueron plantados y manejados, no todo, pero sí una gran proporción. Aunque Clement cree que todo lo ha creado el hombre, estaríamos hablando de un “medio ambiente construido” o de  “selvas antropomórficas”.

Durante siglos los pobladores amazónicos en distintas partes de la inmensa cuenca han cultivado en una tierra especial de color negro, lo llaman “terra preta”, su capacidad productiva es inmensamente superior al resto de suelos poco fértiles que hay en la selva. A fines del siglo XIX ya se hacía algunas hipótesis sobre la naturaleza de esta “terra preta”, se hablaba de un origen volcánico o de sedimentos de lagos desaparecidos. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX, con los estudios del holandés Win Sombroek que se descubrió que la “terra preta” estaba conformada por restos de carbón de madera, restos de cerámica y materia orgánica, en conclusión se trataba de un suelo creado por las manos de seres humanos. Los estudios posteriores han demostrado que las áreas con “terra preta” son de diversas dimensiones (entre 20 y 350 has.) y están en distintas partes de la gran cuenca amazónica.

Recientemente, el 2018, gracias a imágenes aéreas de zonas deforestadas en Mato Grosso (Brasil), un grupo de arqueólogos descubrieron evidencias de 81 aldeas que según sus cálculos fueron habitadas entre los años 1200 y 1450 por al menos medio millón de personas, y sin problema podrían haber albergado  hasta 1 millón. Lo interesante del descubrimiento es que estos asentamientos están lejos de los principales ríos, lo cual cuestiona la idea de que las mayores poblaciones precolombinas de esta región solo se ubicaban alrededor de las grandes fuentes de agua. Ya en el terreno, los investigadores encontraron “terra preta”.

En la década de 1970, Robert Carneiro, del Museo Americano de Historia Natural, calculó el trabajo necesario para limpiar el bosque antes de la llegada del acero. Puso a su equipo a trabajar con hachas de piedra en zonas con muchos árboles en Perú, Brasil y Venezuela. En el experimento, talar un árbol de un metro de diámetro con un hacha de piedra tomaba 115 horas, en cambio con un hacha de acero se derribaba el árbol en menos de 3 horas. El equipo usó hachas de piedra para limpiar media hectárea (la típica parcela de tala y quema) y para ello les tomó 5 meses. Con las hachas de acero les tomó 8 horas. Según los estudios de antropología los agricultores de la Amazonia cultivan esas parcelas unos 3 años antes que la jungla las invada, dado que también tienen que cazar, pescar, construir su casas y otras labores más, Carneiro se preguntaba cómo podían pasar meses y meses golpeando árboles para despejar campos cada 3 años. Debemos recordar que al acero llegó recién en el siglo XVII a tierras amazónicas, por lo tanto la práctica de tala, tumba y quema es reciente.

En 2014 en un viaje de trabajo a la provincia de Condorcanqui (Amazonas) cenamos en un pequeño restaurante al costado del río Marañón, el dueño del lugar al ver que éramos exploradores nos contó sobre su colección personal de objetos raros que traía el río cada vez que había creciente, eran restos de cerámica con finos acabados, con figuras de animales de ranas y monos. Es conocido que todo este territorio hoy en día es parte de las comunidades Awajún y Wampis, que han ocupado por milenios estas tierra y no tienen cerámica similar a los objetos que nos mostró aquel hombre ese día, tampoco hay evidencia histórica sobre este tipo de objetos relacionados con dichas culturas. Entonces; ¿de dónde vienen estos objetos?, ¿quiénes los construyeron?, ¿hace cuánto tiempo?

Regresando al bosque sobre la arena blanca, según la clasificación de la capacidad de uso mayor de suelos, es imposible que sobre un suelo lleno de arena puedan crecer árboles, y según esa misma clasificación se otorga derechos para cambiar de uso a los suelos, destruyendo bosques para sembrar palma o pastos para ganado.  Muchas veces mirar atrás nos ayuda a trazar el camino que debemos construir adelante.

Por: Mirbel Epiquien / Biólogo

Referencias:

Mann, Ch. 2006. 1941, una nueva historia de las Américas antes de Colón.

Guariguata, M. & H, Kattan. 2002. Ecología y conservación de bosques neotropicales.

Primack et. al. 2001. Fundamentos de conservación biológica, perspectivas latinoamericanas.