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¿Quién es el verdadero delincuente? ¿El que protesta o el que fue empujado al abismo?
19-10-2025
Es fácil juzgar desde la comodidad. Qué cómodo es etiquetar como “vago”, “lacra”, “terruco” o “manipulado” al joven que protesta, sin detenerse a preguntar qué lo llevó a la calle. Tal vez carga heridas que prefieren no mirar: su padre fue asesinado por extorsionadores mientras el Estado miraba hacia otro lado; su hermano sigue pagando cuotas a mafias que operan con impunidad; su hermana fue violada por alguien que, como el mucamo, fue blindado por el sistema. ¿Y lo llaman delincuente?
A lo mejor no es un joven indignado, sino un terna infiltrado para sabotear la protesta. Y al final, lejos de ser condenado, recibirá cariños y condecoraciones de las mismas manos corruptas que le ordenaron traicionar a su pueblo para usar el caos y deslegitimar las luchas. No les basta con blindarse: necesitan que el pueblo parezca culpable.
Pero la historia no se escribe con etiquetas, sino con verdades. Y la verdad es que detrás de cada grito hay una herida, detrás de cada piedra, una injusticia, y detrás de cada rostro, una dignidad que no se rinde. El verdadero delincuente no siempre lleva capucha: a veces lleva terno, escritorio y padrinos.
¿Qué les hace creer que está manipulado? Si malogró su vida es porque no tiene los contactos que otros sí. Hay peores delincuentes de saco y corbata, llenos de cartones, a quienes no les pasa nada porque compran su libertad con dinero o con lengua. No nos obliguen a comparar la dignidad en cada caso.
¿Y quién es el cobarde? ¿El que se esconde tras ternos, escritorios o padrinos, o el que sale por dignidad sabiendo las consecuencias? Porque el que protesta arriesga su cuerpo, su libertad y su futuro. El otro solo arriesga su reputación… y ni eso.
La Constitución ampara la protesta pacífica. Y los organismos de derechos humanos existen porque el Estado ha sido históricamente violento con su pueblo. A los policías se les honra; al joven que reclama, se le humilla. Como si el uniforme otorgara superioridad moral y la pobreza fuera pecado.
No justificamos la violencia, pero tampoco la ceguera que convierte al ciudadano en enemigo y al Estado represor en víctima. Porque si el Señor de los Milagros caminara hoy, lo haría junto a los que sufren, no detrás de blindajes.
Ese joven es hijo de Dios, como tú y como yo. Y aunque su reacción sea errada, su dolor no lo es. Porque está escrito: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre.” (Mateo 7:21) La fe no se mide por lo que se dice en voz alta, sino por lo que se hace cuando el otro sufre.
La voluntad divina no se cumple señalando al herido, sino acercándose a él. El Reino no se construye con etiquetas, sino con actos de misericordia. Antes de condenar, escuchemos. Antes de insultar, entendamos. Porque el que desprecia al que protesta, desprecia también la posibilidad de redención. Y como bien sabemos: todo pecador tiene un futuro… si se le mira con ojos de justicia.
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