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La paradoja de la carreta: Entre la humanización de los animales y la animalización de los humanos.
22-12-2025
Por: Jindley Vargas
La reciente sentencia del Poder Judicial que prohíbe el uso de caballos en calesas en la Plaza Mayor de Lima ha sido celebrada por algunos como un triunfo de la sensibilidad moderna. Pero esa celebración, tan sonora como selectiva, revela una paradoja que incomoda: la humanización de los animales y la animalización de los humanos.
Quienes hoy aplauden la decisión judicial lo hacen desde una supuesta superioridad moral que se activa solo cuando el caballo aparece en una ciudad. No cuando arrastra madera en el campo, ni cuando transporta turistas en destinos rurales, ni cuando desfila en pasacalles patronales.
Y menos aun cuando se trata de los hijos de los dueños de esos negocios en Lima, que ahora se quedan sin el pan de cada día. Esos niños, que dependían de lo que sus padres ganaban con las carretas, hoy enfrentan la incertidumbre de una mesa vacía. Nadie parece preocuparse por ellos. Nadie se indigna por la exclusión económica que genera esta prohibición. Porque en esta narrativa, el caballo es sujeto de derechos, pero el humano pobre, y sus hijos, son invisibles.
En Chachapoyas, esta contradicción se ha hecho carne: mientras algunos se escandalizaron por una carreta que desnudó la negligencia institucional, dejaron de preocuparse por lo esencial. Por los discapacitados que no contamos con una ordenanza que nos ampare para estacionarnos; por los ancianos, madres gestantes y niños que tropiezan en calles sin rampas; y por la ausencia de espacios seguros que cada día confirma que la ciudad no está hecha para todos. Eso no es un detalle: es una herida abierta. No se trata solo de mí, sino de quienes ya están, de quienes vendrán, de quienes no pueden alzar la voz.
La llamada “generación de cristal” que hoy se indigna por el uso de animales en la ciudad, se alimenta cada día con productos que llegaron a su mesa gracias al esfuerzo de caballos, bueyes, burros y llamas. Sus casas, sus muebles, sus mesas y sillas llevan la huella de esos animales que trasladaron la madera que hoy sostiene su comodidad.
Y aquí la paradoja se vuelve científica: cuando se tuvo que calcular la fuerza y la potencia de las máquinas modernas, se usó el caballo como unidad de medida. El famoso “horsepower” (HP) no es un capricho lingüístico, es un homenaje técnico a la fuerza de ese animal. Cada vez que se mide la potencia de un motor, se está reconociendo que el caballo fue, y sigue siendo, el estándar de comparación.
La civilización misma se construyó a lomo de caballo, de camello, de elefante. Fueron aliados milenarios de la humanidad, no simples “víctimas de maltrato”. Sin ellos, no habría comercio, ni ciudades, ni cultura. Y, sin embargo, hoy se pretende borrar esa memoria con discursos que confunden protección con negación.
En Chachapoyas, la Universidad Nacional Toribio Rodríguez de Mendoza logró clonar el primer caballo de paso peruano, un hito científico y cultural que nos llena de orgullo. Ese mismo caballo que algunos quieren convertir en símbolo de barbarie, es en realidad parte de nuestra memoria, nuestra ciencia y nuestra identidad.
Antes de celebrar la prohibición de las carretas como si fuera un triunfo absoluto, conviene detenerse y mirar más allá del ruido, con coherencia, cordura y conciencia. Para reconocer que la dignidad no se fragmenta, para entender que la empatía no puede ser selectiva, para aceptar que algún día todos seremos vulnerables, en la discapacidad, en la vejez, en la maternidad, y necesitaremos aquello que hoy se niega.
La verdadera modernidad no consiste en deshumanizar al ser humano mientras se humaniza al animal, sino en encontrar un equilibrio que honre a ambos. Que la introspección nos guíe: antes de aplaudir la deshumanización del ser humano, aprendamos a celebrar la justicia completa, esa que protege al animal sin olvidar al hombre, y que construye futuro sin borrar memoria.
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